El país de la camiseta: ¿Por qué amamos los colores pero odiamos la realidad?
La fiesta ha terminado y la marea humana se ha disuelto en la neblina de la rutina. Allí queda él, varado en el cordón de la vereda, vistiendo todavía los colores de una gloria efímera que hoy amanece descolorida. La bandera sobre sus hombros, que ayer fue capa de héroe colectivo, vuelve a ser un paño de desapego frente a la calle rota, el tráfico indiferente y el tacho de basura que desborda en la esquina. A sus pies, la pelota descansa gastada, desinflada de la épica de los noventa minutos, muda como el eco de los cantos que ya nadie repite. Es el retrato exacto del desencanto: el instante gris en que el fervor por la patria soñada choca de frente contra la desidia de la patria habitada, recordándole que el país real no se gana en una cancha, sino que se padece, o se construye, en la rigurosa soledad de cada lunes.
El país de la camiseta: ¿Por qué amamos los colores pero odiamos la realidad?
El fenómeno es casi universal, pero en nuestras latitudes adquiere tintes de paradoja extrema. Cuando juega la selección, el país se paraliza. Nos abrazamos con desconocidos, lloramos de emoción, cantamos que daríamos la vida por esos colores y el "nosotros" se vuelve una verdad absoluta.
Sin embargo, el lunes siguiente, frente a la burocracia, la crisis económica o la basura tirada en la vereda, el hechizo se rompe. El orgullo se transforma en desapego. Dejamos de ser "nosotros" para volver a señalar a "este país".
¿Por qué nuestro patriotismo es de exportación futbolera pero se evapora en la ciudadanía cotidiana?
El lenguaje del desapego: "Este" vs. "Nuestro"
La distancia empieza en el diccionario que elegimos para quejarnos. Decir "en este país las cosas no funcionan" en lugar de "en nuestro país" no es una simple distracción gramatical. Es un mecanismo de defensa psicológico.
- El fútbol es refugio: Nos adueñamos del equipo porque ganar nos da estatus y pertenencia sin pedirnos nada a cambio.
- La realidad es desilusión: Al decir "este país", nos divorciamos de la responsabilidad. Nos paramos en la vereda del frente, como espectadores atrapados en un teatro que no elegimos, en lugar de reconocernos como los actores de la obra.
El lenguaje nos delata: amamos la abstracción de la patria (el himno, la bandera, el gol), pero rechazamos su ejecución diaria (las leyes, el vecino, el sistema).
La patria emocional frente a la patria civil
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman hablaba de las "comunidades de guardarropa", aquellas que se forman instantáneamente alrededor de un espectáculo y se disuelven cuando este termina. El patriotismo futbolero funciona un poco así: es altamente pasional pero de baja intensidad civil.
En la tribuna, el enemigo es externo (el rival) y el objetivo es unánime (ganar). En el día a día, el enemigo suele ser nuestra propia falta de lazos comunitarios. El patriotismo real, el que construye rutas, hospitales y convivencia, no se nutre de épica, sino de hábitos aburridos: pagar impuestos, respetar las normas de tránsito, no estafar al prójimo y cuidar lo público.
Es más fácil cantar una canción de cancha durante 90 minutos que ser un ciudadano ejemplar durante 365 días.
Hacerlo nuestro: El desafío del lunes por la mañana
La verdadera madurez de una sociedad llega cuando logramos trasladar un porcentaje de la energía del mundial a la vereda de nuestra casa. Dejar de ver al Estado o a la sociedad como un "otro" ajeno y empezar a entenderlo como un espejo.
Apropiarse del país significa:
- Cambiar el pronombre: Forzarnos a decir "nuestro país" para empezar a sentir el peso —y el orgullo— de la herencia compartida.
- Trascender la queja: Entender que la crítica sin acción es solo catarsis estéril.
- Exigir como dueños, no como inquilinos: El inquilino rompe y se queja con el propietario; el dueño cuida, arregla y defiende su espacio.
El día que defendamos el espacio público, la educación y el respeto mutuo con la misma vehemencia con la que discutimos un penal dudoso, habremos dejado de habitar "este país" para empezar a construir, finalmente, el nuestro.
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