El Manifiesto Ultraista argentino, sus integrantes. Sus Juventudes
El manifiesto ultraista argentino, sus integrantes, y como vivian sus juventudes en el contexto de la epoca
El Ultraísmo argentino no fue solo un movimiento literario; fue una declaración de guerra estética impulsada por un grupo de jóvenes que querían sacudirse de encima el peso del pasado. Nacido originalmente en España, el movimiento cruzó el Atlántico en 1921 de la mano de un joven de 22 años llamado Jorge Luis Borges.
A su regreso a Buenos Aires, Borges y sus amigos encontraron en esta vanguardia la excusa perfecta para refundar las letras nacionales.
El Manifiesto: Desmantelar la Poesía
El ultraísmo argentino se formalizó a través de publicaciones clave como las revistas murales Prisma (que los mismos jóvenes pegaban con engrudo en las paredes de Buenos Aires) y, posteriormente, Proa y la mítica revista Martín Fierro.
El corazón ideológico del manifiesto ultraísta se basaba en cuatro pilares fundamentales para "limpiar" la poesía de los excesos del Modernismo de Rubén Darío:
1. Reducción de la lírica a su elemento primordial: la metáfora. Cada verso debía ser una imagen nueva y sorprendente.
2. Tachadura de las frases medianeras, los nexos y los adjetivos inútiles. Se buscaba una poesía limpia, casi matemática, eliminando la ornamentación.
3. Abolición de los trebejos ornamentales. Fuera los cisnes, los rubíes y la música de salón típica del siglo XIX.
4. Síntesis de dos o más imágenes en una, ensanchando de ese modo su facultad de sugerencia.
Los Integrantes: La "Joven Generación"
El movimiento nucleó a mentes brillantes que, con el tiempo, tomarían rumbos muy distintos:
• Jorge Luis Borges: El teórico y motor del grupo. Aunque años más tarde renegaría de su etapa ultraísta (e intentaría comprar y quemar sus primeros libros de poemas como Fervor de Buenos Aires), en los años 20 era el abanderado de la vanguardia.
• Norah Borges: Hermana de Jorge Luis, artista plástica fundamental. Ella le dio la identidad visual al ultraísmo a través de sus xilografías (grabados en madera) de trazos limpios y geométricos que ilustraban las revistas.
• Oliverio Girondo: Aunque con un pie en el surrealismo, su obra Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) encarnó el espíritu cosmopolita y rupturista de la época.
• Evar Méndez, Eduardo González Lanuza y Francisco Piñero: Poetas y dinamizadores culturales que sostenían las tertulias y las publicaciones.
Vivir la Juventud en los Años 20: El Contexto de la Época
Para entender cómo vivían estos jóvenes, hay que imaginarse la Buenos Aires de la década de 1920: una ciudad que crecía a un ritmo vertiginoso por la inmigración, que se electrificaba y donde los tranvías y los primeros automóviles cambiaban el paisaje sonoro. Se vivía bajo la presidencia de Marcelo T. de Alvear, en un período de prosperidad económica y relativa estabilidad ("los años locos").
La Bohemia de los Cafés y las Calles
La juventud ultraísta pertenecía, en su mayoría, a sectores de la burguesía acomodada (lo que más tarde se conocería como el Grupo de Florida, en contraste con el más proletario y comprometido socialmente Grupo de Boedo). Sin embargo, su rebeldía pasaba por lo estético y lo nocturno:
• Las tertulias en los cafés: El centro de operaciones eran los cafés de la calle Florida o de la Avenida de Mayo, como el Café Tortoni o el Richmond. Allí se discutía de literatura hasta la madrugada, se leían poemas en voz alta y se criticaba con ironía a los escritores consagrados (a quienes llamaban "los viejos").
• La ciudad como lienzo: Salir de noche a pegar la revista mural Prisma en los paredones de Palermo o el Centro era un acto de provocación juvenil. Querían que el ciudadano común se topara con la poesía moderna mientras caminaba al trabajo.
• El impacto de la tecnología: Vivían fascinados y abrumados por la modernidad. Sus poemas hablaban de luces de neón, linotipos, motores, teléfonos y la velocidad del tranvía, mezclando esa modernidad con la nostalgia por los últimos rincones del "barrio" porteño que empezaba a desaparecer.
Esta juventud experimentaba una libertad nueva, hija de la posguerra mundial, donde romper las reglas del arte era la forma más pura de afirmar su identidad frente a una sociedad que todavía se aferraba al orden conservador del siglo anterior.
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